Tuve la suerte de conocer a una mujer hace muchos años (mi madre sabrá enseguida de quién hablo), una mujer extraordinaria y que hizo un bien enorme a miles de personas. Dios usó y desgastó su vida por el bien de muchos. No voy a decir quién es, vaya a ser que alguien se ponga de uñas al saber su nombre. Además, qué más da. Lo realmente importante es algo que ella decía y que yo quería traer hoy a colación por sus inmensas facetas, detalles e implicaciones para nuestro vivir cotidiano: «Viajamos a toda velocidad por el universo».
Ay, amigas… Que esto tiene mucha miga. ¿Lo habéis pensado bien? Por la mañana nos levantamos, nos preparamos, preparamos a nuestros hijos, sus desayunos, les metemos prisa al menos diez veces para que se pongan los zapatos (que levante la mano quien se sienta identificada… ¡Todas a la vez no, por favor!), la tropa al coche, reparto de colegios… Y podría seguir. Cada una sabe bien cómo llena sus días y sus horas, en qué llena también su mente, cuáles son sus preocupaciones, tontas o graves. Y llega la noche: deberes, juegos, baños, cenas, conversación, rezos. Y a dormir.
Y así pasan nuestros días. Y cuando nos descuidamos, un curso escolar más ha terminado. En un pestañeo estamos tomando las uvas de nuevo. Y ya estamos en verano otra vez. Y así, día tras día, año tras año.
Puede parecer un post deprimente, pero nada de eso. No es ahí a donde quiero llegar.