Martes por la noche, antes de ir a dormir. Estaba contándole un cuento a mi hija de tres años. Llegamos a unas páginas repletas de hadas, y mi pequeña, inocente ella, me preguntó: “Mamá, ¿cómo se llama esta hada?”. “Rosa”, contesté yo. “¿Y esta, mamá?”, continuó. “Violeta”. “¿Y esta otra?”… Suspiré. Sabía que no iba a terminar de preguntar hasta llegar a la última de las veinte hadas que aparecían en aquella doble página infinita. Era tarde, era hora de irse a dormir; de hecho, ya deberíamos estar rezando. Yo estaba agotada, no veía el momento de tenerlos a todos acostados y descansar un rato en el sofá. Aunque, en realidad, todavía quedaba por recoger la cocina, doblar la ropa, dar la última toma a los bebés que se empezaban a inquietar… “¡Mamáaaaaaa! ¿que cómo se llama esta hada?”.
Volví a suspirar. Ya tendrían que estar todos en la cama, me repetía una y otra vez. Me estaba impacientando. Me dispuse a cortar ahí mismo la interminable y absurda enumeración de nombres inventados de hadas, cuando un pensamiento me vino a la cabeza: “Pero yo, en realidad, ¿por qué tengo tanta prisa?”
Suspiré por tercera vez. Dejé de repasar mentalmente todos los tendría que y los debería. Me relajé. Decidí no pensar en el tiempo que me estaba quitando y elegí entregárselo, libre y voluntariamente. No había nada más importante que estar con ella en ese preciso momento. Entonces sí, empecé a disfrutar de mi tercera, mi niña sándwich… de nuestro ratito juntas.
La eternidad entera metida en esos cinco minutos más de cuento.

