Mi querido pequeño, todavía no te conocemos y en casa ya se ha montado una gran fiesta con la noticia de tu llegada. Tus cinco hermanos andan revolucionados y no paran de pedir a Dios cada noche que salgas pronto para poder abrazarte, estrujarte y explorar cada diminuta parte de tu cuerpo. Ya les he explicado yo que necesitas todavía unos cuantos meses ahí dentro para terminar de crecer, pero no veo a algunos de ellos muy convencidos del asunto.
Desde que supieron que estabas en mi interior han informado puntualmente a cada vecino que se han topado en el ascensor, a la ancianita de la parada del autobús, al señor de la panadería e incluso a todos los bañistas –sin excepción– que encontraron este verano en la playa. Ya han planeado dónde dormirás, qué sitio ocuparás en nuestra furgoneta y han pensado en los nombres más bonitos y originales para ti. Debo decirte, mi pequeño hijo, que he conseguido disuadir a la mayor de las chicas de llamarte “Lacito”. Sé que me estarás eternamente agradecido.