Hace algunos días, una mujer muy querida para mí escuchó la siguiente conversación en la panadería:
– Mira a esa, embarazada otra vez.
– ¡Qué bárbaro! Como perros…
Ella, que está esperando a su sexto hijo, hizo como si no escuchara nada, y del mismo modo que entró, se marchó.
Las madres de familia numerosa a veces escuchamos este tipo de comentarios que nos atraviesan como una punzada el alma. Una se siente tan humillada y dolida que ni siquiera salen palabras de la boca para responder como es debido. Pero yo hoy, con permiso de mi amiga, sí quisiera explicarle, con todo mi respeto, algunas cosas a aquella señora.
Querida señora de la panadería,
No, no somos como perros, tampoco como conejos y, sí, muchos padres con más de tres hijos tienen tele e incluso la ven. Con esto lo que pretendo decirle es que tener muchos hijos no es fruto de la despreocupación, ni de la improvisación, ni mucho menos de la ignorancia. Le aseguro que sabemos cómo evitar un nuevo embarazo. Nadie nos ha engañado ni somos unos bobitos que vivimos en una burbuja desinformada.
El número de hijos, ya sean tres, cinco u ocho, nos pone rápidamente en la picota. Parece que es un tema público del que todo el mundo se creyera con derecho a comentar y a opinar. En relación a esto, Rosa Pich-Aguilera, madre de 18 hijos y autora del libro ¿Cómo ser feliz con 1, 2, 3… hijos? (Palabra, 2013), dijo lo siguiente en una entrevista a la revista Misión: “Es una valoración que hacen papá y mamá, no la hace el Estado, ni la tía, ni el sacerdote… En nuestra cama no se mete nadie”.
Pero entiendo el desconcierto que supone ver a una madre embarazada paseando por la calle con otros cinco niños pequeños. ¡Claro que lo entiendo! Por eso, no la culpo, señora de la panadería, por pensar lo que piensa; aunque sí podría ser un poquito más prudente en sus comentarios. Por educación, más que nada. Y no la culpo, porque quizá nadie le ha mostrado la belleza que hay en tener una familia numerosa, porque probablemente no conoce a ninguna personalmente o porque le han convencido de que tener muchos hijos es un espanto.
Déjeme que yo intente mostrarle lo contrario.
Los hijos no los tenemos como en una churrería. No, de verdad que no. No le damos al play y se producen en serie. Cada uno de ellos es amado singularmente, es apreciado y valorado por ser quien es, cada uno es distinto, es único, es maravilloso a nuestros ojos. No por tener más les queremos menos, ni les tratamos en lote. Cada nuevo embarazo es una aventura distinta, cada nuevo rostro que descubrimos tras el nacimiento nos abre la mirada al horizonte de lo eterno, con cada primer gateo o primer paso vacilante volvemos a emocionarnos, a sonreírnos, y a alegrarnos como si fuera el primero. Lloramos con cada una de sus penas. Reímos con cada una de sus ocurrencias.
Le confieso que antes yo tampoco entendía cómo era posible amar tanto a tantas personas. Pensé, tras mi primer hijo, que no podría caber más amor en mí, que ya había llenado el cupo. Y no solo he podido amar a cada uno de mis cinco hijos (siempre de uno en uno; nunca en masa), sino que incluso al primero le quiero ahora más de lo que le quería antes… si es que esto es posible.
El amor es difusivo. Se expande. No tiene límites. Por eso los hijos son fruto del amor de sus padres. Amándonos les amamos a ellos, incluso antes de ser concebidos.
Hoy en día hay que tener motivos serios para tener más de tres hijos, porque si no -ya se lo digo yo- no se tienen. Nadie se expone a ser humillado en la panadería o mirado con desprecio en la parada del autobús sin una poderosa razón. Y, créame, las cuantiosas ayudas que recibimos del Estado las familias numerosas (entiéndame la ironía, por favor) no son estímulo suficiente. Los padres de muchos hijos no somos irracionales. Tenemos nuestros motivos y, aunque probablemente no todos tengamos los mismos, seguramente todos ellos sean serios, válidos y muy meditados. Uno no se mete en la mayor aventura de su vida así a la ligera.
Con el nacimiento de cada uno de nuestros hijos, mi marido y yo hemos tenido la profunda experiencia de que nuestra vida se ensancha, se hace más grande. Y esto lo hemos ido viendo poco a poco. No nos casamos con la idea de tener un número de hijos concreto ni con la meta de convertirnos en familia numerosa. Para nosotros cada nuevo vástago ha nacido del deseo profundo que Alguien nos ha puesto en el corazón. Nuestros hijos son fruto de una vocación, de una particular llamada que hemos recibido a dar vida a nuevas personas para la eternidad. Y no es una llamada asfixiante, aunque a veces suframos por y con ellos, sino que es una llamada a la felicidad. Sabemos que la plenitud de nuestras vidas, que nuestra propia felicidad, pasa por la apertura a esas nuevas vidas de las que somos torpes colaboradores y testigos privilegiados.
Con ello -entiéndame, por favor-, no digo que los que no tienen hijos no puedan ser felices, ¡no es eso! Cada persona, cada matrimonio, cada familia, tiene un camino diferente. Ni mejor, ni peor. Diferente. Y en el nuestro forman parte ineludible cada uno de nuestros pequeños.
Y fíjese qué curioso que también el camino para la felicidad de mis hijos pasa por haber nacido precisamente en una familia numerosa. Sin ir más lejos, sus personalidades ya tienen sus matices diversos por el mero hecho de ser el primero, el mediano, un mellizo o el pequeño. Cada una de sus vidas tiene valor por sí misma. Incluso si hubieran llamado a la puerta de nuestra familia sin haberlo previsto o por sorpresa (como sucedió cuando llegaron dos de golpe), su vida seguiría teniendo un incalculable valor. Su valía no depende de nuestro deseo.
Ellos son importantes para nosotros y lo serán probablemente para otras muchas personas. Cambiarán el mundo, porque este ya no será el mismo que sería si ellos no existieran. Transformarán la vida de otros, quizá la de ese gran amigo que tendrán en el trabajo, o la de la ancianita solitaria a la que darán conversación un día en el banco del parque, o la de la persona que decida casarse con uno de ellos… Serán insustituibles para esos nuevos hijos que serán llamados a la existencia gracias a que ellos mismos un día vieron la luz de este mundo. Como dice la canción, a mí “el mundo me parece más amable, más humano, menos raro” porque ellos están en él y porque he recibido el enorme regalo de poder gestarlos y acompañarlos los años que Dios me conceda en la tierra.
Querida señora de la panadería, quizá esto que le cuento sea difícilmente digerible. Son de esas cosas que hay que vivir para comprender. Pero créame si le digo que al igual que hay familias que tienen razones para no tener hijos o para tener uno o dos, también las hay que tienen motivos para tener más. Y eso no nos convierte en perros… que, por otra parte, pobres perros, ¡qué culpa tendrán ellos!

