No lo prometí, pero lo siento igualmente como una deuda. Hace tres meses compartí con vosotras mi pánico total ante la inminencia de mi segundo parto. El primero había sido traumático hasta niveles inimaginables y, sinceramente, por muchas ganas que tuviera de tener más hijos, reconozco que la cuestión de dar a luz me hacía temblar de miedo.
Pero Dios, que es un tipo bastante original, ha conseguido de un plumazo acabar con el trauma y reconciliarme con la maternidad. Juro que, aunque me hubiera sentado con papel y lápiz a pensar cómo podría acabar con el trauma, no se me habría ocurrido ni de lejos nada de lo que me ha tocado vivir.
Coged el bol de palomitas, porque lo que voy a contar se parece más a una película de Hollywood que a cualquier parto que hayáis conocido.